CRUCE DE DESTINOS - Cap.4º / UN GRAN ERROR



 
El chisporroteo de una máquina de afeitar la despertó de repente. Con los ojos entreabiertos y la cabeza semi levantada miró enrededor sin saber muy bien dónde estaba. De repente comprendió toda la verdad: no estaba en su habitación, estaba en una cama extraña y sin ropa.
-¡ Oh, Dios mio! ¿qué ha ocurrido, qué es lo que he hecho?

Rápidamente se tiró de la cama y se vistió todo lo deprisa que pudo. Quería salir de allí antes de que él saliera del cuarto de baño
- Señor, señor, dijo medio llorando. Es mi jefe y me he acostado con él. ¿Cómo he podido ser tan inconsciente, qué es lo que ha pasado?

Salió de la habitación corriendo para refugiarse en la suya. Al sentir el portazo, Mathew salió del baño sin saber a qué se debía aquello. La buscó con la mirada y al no encontrarla, dijo:
-¡Oh, no ! ¿ Qué la pasa? Será mojigata...

Se vistió y salió en busca de Christine. Llamó a la puerta de su habitación, y desde dentro oyó una trémula voz que le avisó que no estaba visible y no podía abrirle.
-Abre, necesito hablar contigo. Vamos, por favor. Abre la puerta

Después de insistir Christine abrió y rápidamente le dió la espalda. El corrió tras ella sujetándola por el brazo
-¡Vamos, que no somos niños ! Somos adultos, no tenemos compromisos, es normal. Eres una mujer muy atractiva y anoche, quizás, nos pasamos con el champán.
-Por favor, no me lo recuerde. Estoy avergonzada, eso nunca debió pasar. Debemos olvidarlo, nunca ha pasado.
-Pero si ha pasado y ha sido algo importante. No estés asustada; reconozco que es una situación algo violenta, pero nada más.
-¿Nada más? usted me sedujo, y ...Se trata de que .... es mi jefe. No podré mirarle a la cara nunca más.
-Vamos, no es para tanto. No seas estrecha...
-Claro, para usted es muy sencillo. Qué pasa, ¿quería demostrarse que puede estar con una mujer sin nombrar a Margaret?

De repente se calló, cuando las lágrimas empezaban a asomar a sus ojos. No debió decir aquello. El la miró profundamente, serio, y le respondió
¿Cómo sabes eso, quién te lo ha dicho? No te atrevas a nombrarla. Ni se te ocurra. Toma...

La extendió el billete de avión al tiempo que la decía:
- El avión sale a las cuatro. Nos veremos en el aeropuerto.

Y dando un portazo se alejó todo lo rápido que pudo.

Christine ya estaba sentada en el avión cuando él llegó. Estaba serio, muy serio y no pronunció ni una palabra. Se sentó, se abrochó el cinturón y cerro los ojos como si quisiera dormir.
Ella no se atrevió a mirarle y desvió su mirada hacia el exterior, rezando mentalmente para que aquel viaje terminara pronto. No sabía qué hacer¿ debía seguir trabajando en la empresa, debía pedir el traslado?
-Pediré el traslado. Con la excusa de Providence solicitaré vivir allí. Cuando finalicen las obras ya veré lo que hago.

Pasaron dos horas largas sin que ninguno de los dos se dirigieran la palabra, ni una sola mirada. Christine estaba angustiada por su problema y por el creado al nombrar al amor de Mathew.

- ¡ Qué hermoso debe ser sentirse querida de esta forma !, pensó

La azafata ya había pasado un par de veces para ver si alguno de los pasajeros quería tomar algo. Ella tenía los ojos cerrados, estaba pálida y deseaba con todas sus fuerzas poder dormir para así aliviar la tensa travesía. Sin mediar palabra, de pronto él la miró y en un susurro apenas perceptible le dijo
-Para mi si ha sido importante, muy importante.

Christine le miró sin poder contener las lágrimas que habían inundado sus mejillas

-Le ruego me perdone, no quise hacerle daño. Estaba desconcertada por lo ocurrido. No soy una chica que se mete en la cama de un hombre a las primeras de cambio. Debió sentarme mal el champán, la noche hermosa, o qué se yo. Ocurrió;. Los dos tuvimos la culpa y los dos debemos olvidarlo, de lo contrario será muy difícil que yo pueda seguir trabajando como si no hubiera ocurrido nada.
-De acuerdo, pasemos página. Esto no ha pasado¿Te quedas más tranquila?. Ah! y perdóname tú también. Nunca debí hablarte de aquella forma, tu no tienes la culpa de lo que ocurrió. Quiero que sepas que no fuistes una prueba, yo se de sobra hasta donde llego. Fué algo especial, muy especial.

De nuevo se hizo el silencio entre ellos. Christine pensaba lo extraño de la situación y lo que había querido decir con aquella declaración. Le había insinuado algo, pero ¿qué?
Tomaron tierra y el coche de la empresa les aguardaba. Ella solicitó la dejara en su domicilio y con rostros muy serios, al llegar, ella le tendió la mano y le dijo:
-Buenas noches Sr. Hutchinsons y gracias por todo.

Dió media vuelta y se metió en su domicilio . El la observó irse, y al cabo de un rato exclamó
-Paul, vámonos a casa.

El coche se perdió en la noche y Christine desde su balcón le vió irse. Una sensación la perturbaba, la ponía nerviosa
- ¿Qué hago? Dios mio,¿ por qué ha ocurrido?. Todo iba bien. El estaba más humano y ahora esto...
Mañana mismo hablaré con Clive, sin decirle nada, por supuesto, y le convencere de que debo estar en Providence para supervisar los trabajos. Debo alejarme de aquí cuanto antes. Será todo muy violento y no podré mirarle de frente, me moriré de vergüenza. ¿ En qué estaría yo pensando? Y es que creo que...
No, por favor, no puede ser. Enamorarme no; es inalcanzable. Ni me quiere, ni pertenezco a su clase social, ni soportaría que cada vez que me mirara estuviera pensando en Margaret, el amor de su vida. Nunca podrá querer a otra mujer como la quiso a ella. Es imposible y eres tonta si tan siquiera te paras a pensar en ello.

Nada más llegar a la oficina al día siguiente llamó al despacho de Clive para darle cuenta de su gestión y al tiempo plantearle su traslado.
Clive le recibió con una amplia sonrisa tendiéndole la mano.
-Tenía ganas de que llegaras. Se ha planteado algo que creo nos va a dar dolor de cabeza y vas a tener que intervenir como abogada. Vas a tener que debutar en derecho. Bueno ¿ qué tal ha ido todo?

Christine hizo un relato pormenorizado de todo lo acontecido en Providence y él asentía con aceptación y complacido, pues Mathew se había puesto en contacto con él a primerísima hora de la mañana y le había adelantado lo que ahora escuchaba.

-Bien, pues todo ha salido a pedir de boca ¿no?
-Si, pero creo que sería estupendo si hiciéramos acto de presencia allí. Debería estar por un tiempo en Providence para supervisar las obras. No es que no me fíe de los arquitectos, pero siempre hay algún detalle que hay que cambiar, además estando presente se acelerarán las reformas.
-Pero eso no puede ser Christine. Te he dicho que se nos ha presentado un problema y te necesito aquí. Como no quieras ir a mediados de semana, estar hasta el domingo y el jueves volver a marcharte...Pero va a ser un poco complicado. Se lo diré a mi hermano a ver qué opina.
-No, no le diga nada.
-¿Por qué, ha ocurrido algo?
-No, es que no congeniamos mucho. No le caigo bien y seguro que dirá que no, solo por llevarme la contraria.
-Oye ¿habéis tenido algún problema?
-No, sólo que cada uno tenemos criterios distintos y eso a veces conduce a alguna discusión. Yo me entiendo mejor con usted. El me intimida, me pone nerviosa con su gesto serio y siempre de malhumor.
-Ya...Bueno veré como lo arreglo para complacer a todos. Desde luego soy un santo...Y rió con una carcajada sonora

La conversación con Clive no le había tranquilizado, nada más lejos. Le dolía haber disfrazado la verdad echando la culpa de todo a Mathew, pero ¿cómo iba a decirle la verdad? La estima que la tenía desaparecería y el trabajo diario se haría insoportable.

- En qué lio me he metido, yo solita. Fué una noche inolvidable, pero qué cara me va a salir.

No se cruzaron ni una sola vez ni en el vestíbulo ni en la cafetería, ni volvió a saber nada de él. No se atrevía a preguntar a nadie por su ausencia.
- Se habrá ido a su paraiso, pensó. Y no andaba descaminada.

Mathew necesitaba centrarse, aclarar las ideas que de repente le acometían. ¿ Qué es lo que le ocurría?
No dejaba de pensar en Christine, pero al tiempo desechaba el pensamiento. No quería ni debía pensar en ella, Margaret no se lo merecía. Algo en su interior le repetía una y otra vez:
" Tienes derecho a ser feliz, la amastes pero ella está muerta y no querría verte de esta forma. Tienes derecho a la felicidad de nuevo, y se ha cruzado en tu camino. No la des la espalda, puede que te arrepientas"

Desde la terraza de su habitación le llegaban los olores dulzones de la dama de noche y los colores de la buganvillia daban una nota de color a su atribulada cabeza. Los rumores del mar le adormecían y la suave brisa le daba en el rostro con los primeros rayos del sol.
No había podido dormir. En la noche miraba a las estrellas y recordó aquella otra en que descubrió que aquella chica retraida, siempre nerviosa y huidiza le hacía sentir algo que hacía mucho tiempo sintió por otra joven muy distinta a aquella eficiente trabajadora que conoció en un ascensor, por casualidad.  Al recordar la anécdota sonrió y entonces se dió cuenta que podía recordar hasta el color del traje que llevaba.  Le había hecho gracia la forma en que la conoció.  Ignoraba lo importante que iba a ser en su vida y lo difícil de su relación con ella.
 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

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