CRUCE DE DESTINOS - Cap. 8º - EL JUICIO



Ante una gran espectación el juicio se fijó. La prensa se hacía eco y los titulares eran David contra Goliat.
Todo esto tenía a los protagonistas muy atribulados. Ni Christine ni Mathew se habían vuelto a ver ; de mutuo acuerdo y para no interferir decidieron que únicamente se verían en el juzgado. La tensión era grande el día del inicio. La dolía ver sentado a Mathew en el banquillo, y le constaba que si por él hubiera sido, todo hubiera quedado zanjado satisfactoriamente. Le parecía injusto que él, que había luchado por solucionar el tema, se viera ante el juez, en lugar de que estuvieran los que verdaderamente se opusieron al arreglo.

Ella no se atrevía a mirarle; estaba pálida, nerviosa e insegura. Era su primer juicio y además en contra del hombre al que amaba desesperadamente, y ni siquiera tenía oportunidad de decírselo.
El juez hizo su entrada y todos en pie, tensos esperaban con ansiedad que aquello empezara de una vez. Mathew estaba flanqueado por dos de los abogados más prestigiosos que trabajaban para la empresa. Christine estaba sola, defendiendo aquello que le parecía justo. Tenía un nudo en la garganta y tenía unas ganas tremendas de salir corriendo.
No tenía experiencia. Mathew le lanzaba tiernas miradas para infundirle ánimo, como diciéndole que estaba de su parte, que no tuviera miedo.
Le recordaba a aquella Christine al día siguiente de pasar su primera noche juntos. Inquieta, huidiza, insegura, y quería que ella estuviera brillante, que todo el mundo supiera de la valía de aquella mujer, que desafortunadamente les había enfrentado en algo que escapaba a las manos de ambos.
Clive entró también en la sala. Se colocó detrás de Christine, como para infundirle ánimos, y con la mirada le transmitió:
-Christine. Tienes la razón y vas a ganar.

Ella se sentía mareada y con ganas de vomitar. Tenía muchísimos nervios y mentalmente se repetía:
- No voy a poder, ni siquiera me va a salir la voz. ¡ Dios mío ! ayúdame. Es mucho lo que me he jugado y lo que juego en nombre de esas pobres gentes. Por favor, que todo salga bien, que no flaqueé, y que Mathew no salga mal parado de ésto. No se lo merece.

Cada abogado hizo sus alegaciones exponiendo sus criterios. La jueza (porque era mujer) escuchaba atentamente los argumentos de los letrados de la agencia Hutchinsons haciendo referencia constantemente a los beneficios que representaba la construcción del centro comercial para toda aquella zona, que se convertiría en residencial
Christine escuchaba en silencio y de vez en cuando dirigía su mirada hacia Mathew que la miraba y la enviaba una leve sonrisa. Y llegó el turno de sus alegaciones.
El argumento era muy sencillo: defender lo indefendible (según argumentaban los abogados contrarios), pero ella a medida que iba hablando, se crecía porque creia que todo lo que exponía era justo y aquellas gentes merecían una oportunidad. Habían venido buscando una situación mejor y sólo habían encontrado miseria., etc.etc.
Los bancos de atrás de Christine estaban ocupados por los habitantes de las casas sociales y a cada intervención de ella, se ponían de pie, por lo que la jueza hubo de llamarles al órden en varias ocasiones. La suerte estaba echada, ya todo lo que se podía hacer estaba hecho y Christine pensaba:

-Todavía podía haber dicho más cosas. Podía haber hecho más

.Estaba acongojada por la situación que estaba viviendo. Sentía la mirada de acero del sr,. Hutchinsons clavada en su nuca, como queriendo taladrarla, pero a ella la angustiaba el bochorno que Mathew estaría pasando: Tenía ganas de llorar de salir corriendo porque daba por perdido el juicio y por la mirada insolente de aquellos abogados prepotentes que defendía a la empresa de Mathew.
La espera se hacía interminable, pero apenas habían transcurrido dos horas, cuando de nuevo se reanudó el juicio.
Puestos en pie todos los presentes oyeron el veredicto, que solemnemente pronunció la jueza. Parecía que estaba de muy malhumor y ésto no le gustó ni a Christine ni a Mathew. Ambos se sentían perdedores, pero perdedor solamente había uno y ese fué la Inmobiliaria Hutchinsons.
Los aplausos estallaron en la sala que nuevamente fué reconvenida. Christine con los ojos muy abiertos miraba fijamente a Mathew y éste la sonreia levemente. La sentencia fué firme y definitiva, sin apelación.

-O facilitan viviendas en condic iones a estas personas o rehabilitan las que tienen, cosa que sería lo más aceptable. Pero no sólo rehabilitarán las casas, también las calles de manera que los niños puedan jugar en los parques como todos los niños del mundo. Habilitarán u n espacio en el centro comercial para un ambulatorio donde puedan visitar a su médico, robando al aparcamiento el suficiente terreno para su instalación. El centro comercial ya es lo suficientemente grande para que unos metros le mermen en nada.
Esta es mi decisión y habrán de cumplirla o de lo contrario volverían a ser juzgados por desacato. ¡ Ah! las costas de este juicio correrán a cargo de la empresa inmobiliaria, ya que esto ha sido una pérdida de tiempo y de dinero de los contribuyentes. Podían perfectamente haberse puesto de acuerdo de forma satisfactoria.

El sr. Hutchinsons, salió de la sala hecho una furia sin mirar siquiera a su hijo. Clive se dirigió a su hermano y poniendo una mano sobre su hombro le susurró:

-Lo siento Mathew. Siento que te hayas visto envuelto en este asunto tan espinoso sobretodo para vosotros dos.

Mathew le miró preguntándose: ¡ cómo se había dado cuenta,! ¿ sería tan evidente?

Los letrados y Christine pasaron al despacho de la jueza en dónde firmaron las actas, dando por concluido el juicio.

Mathew la llamó por teléfono, pero ella no quería hablar con él, no quería hablar con nadie. Todavía la dolía la situación a la que habían llegado y que por nada del mundo hubiera deseado hacerle pasar.
Era muy tarde cuando sonó el ti mbre de la puerta.

-Márchate, por favor, no quiero hablar contigo. Por favor, márchate.
-Señorita, abra por favor. Debo hablar con usted

Desconocía aquella voz que creia había sido Mathew el que llamaba. Curiosa se dirigió a la puerta. Aún tenía los papeles de las alegaciones encima del escritorio, cuando abrió y un desconocido de edad madura se presentó frente a ella. Su rostro le pareció familiar y enseguida sacó sus conclusiones, pero lo que no podía imaginar era la encomienda que traía
.
-Srta. Christine, soy el padre de Mathew y de Clive, y me urge hablar con usted. Ahora, si ello es posible.

Tenía el porte distinguido y era muy atractivo a pesar de la edad.

-¡Tiene a quién parecerse! se repitió mentalmente acordándose de Mathew.
-Pues usted dirá
-Francamente, estoy muy enfadado. Lo de hoy ha sido....una pantomima que usted sabía de antemano el resultado. Nos ha puesto, ha puesto a mi hijo, en el más atroz de los ridículos. Precisamente h a ridiculizado a la persona que más lucho porque se hiciera lo que ha determinado la jueza. ¿ A qué ha jugado ? Sabía que mi hijo está loco por usted y se ha aprovechado de ello. Iba a sacar un buen beneficio: hacerse famosa, dinero, buenos contratos y el amor de un hombre con mala suerte en el amor. Se cruzó en su camino sabiendo los beneficios que obtendría con su conquista, que sacaría buen provecho: posición social, dinero, viajes y figurar en las revistas de la alta sociedad.. Si en algo le aprecia, le ruego que le abandone, que desaparezca de su vida. Hay infinidad de chicas de buena posición que darían cualquier cosa porque Mathew les dirigiera una mirada. Olvídele, deje que sea feliz; que pueda fundar una familia aunque el recuerdo de su verdadero amor aún permanezca en su cabeza.

Echó mano de una chequera que sacó de un bolsillo lateral de su chaqueta y extendió una gran cantidad dándoselo a continuación a Christine. Ella con los ojos llenos de lágrimas le miró detenidamente y le dijo:
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-No tiene ningún derecho a tratarme así. Yo amo a su hijo profundamente y no he sido yo quién ha elegido esta situación. No sr. Hutchinsons, mis sentimientos no están en venta; guárdese su cheque, no lo cenecesito. Tengo mi trabajo, y descuide mañana mismo habré salido de la vida de su hijo. Espero que le de una explicación convincente para que él no le odie el resto de su vida. Y ahora discúlpeme pero quiero que se vaya de mi casa.

Abrió la puerta sin siquiera mirarle, y Peter Hutchinsons salió dejanto trás de sí a una mujer desolada y que no entendía lo que acababa de escuchar.
Escribió una larga carta dirigida a Mathew, alegando que estaba cansada de la situación en que la había puesto y harta de tanto despropósito había determinado marcharse a cualquier parte, para encontrar la calma que desde le había conocido había perdido. La firmó simplemente Christine.
Sabía el dolor tan profundo que le iba a causar, pero ¿ qué podía hacer? Como había supuesto, su padre no podía verla y jamás admitiría a alguien com o ella en su familia.
Hizo su equipaje, dejaría todo listo. Al día siguiente acudió al banco a sacar dinero y a continuación se dirigió al aeropuerto. Allí sacó un billete sin vuelta y pidió al empleado:
-Deme un billete para el primer vuelo que haya, no importa dónde ni en que clase.

El empleado la miró fijamente buscando sus ojos que llevaba cubiertos con unas gafas de sol:

- Por ejemplo¿ a España ? ¿ a Galicia ? Tiene el aeropuerto de Santiago de Compostela y luego allí puede elegir destino.
-Me parece bien, es igual a cualquier parte.

De esta manera Christine llegó a España, a un lugar desconocido para ella. Sin rumbo fijo, aturdida sin saber hacia dónde dirigir sus pasos. Eligió un hotel y hacia él se encaminó. Pasaría noche allí y al día siguiente ya vería...

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