Una fotografía en blanco y negro


 

La lluvia caía impenitente desde hacía varias horas. De vez en cuando, algún relámpago iluminaba la penumbra de la habitación. Todo estaba silencioso, como si la vida se hubiera borrado de la faz de la tierra. La silueta de alguien se reflejaba en la pared, de un blanco impoluto, formando alargadas y tenues sombras, como chinescas, sólo que eran de una mujer que, sentada en el borde de la cama, miraba al frente sin ver nada en concreto.

Las gotas de agua repiqueteaban sobre el cristal de una ventana, y el tenue viento, hacía que se movieran los visillos debido a que una de sus hojas, permanecía a medio abrir.

Necesitaba esa ligera brisa que entraba y que le diera en el rostro, en un rostro que permanecía fijo en un punto concreto que sólo ella vislumbraba. Estaba seria, inalterable. Sus manos juntas, sobre el regazo, sostenía una fotografía añeja, en blanco y negro. A sus pies una caja de cartón a medio abrir dejaba entrever su contenido. Cosas distintas, quizá de distintas épocas mezclados con algún pequeño juguete ya desvencijado por el paso del tiempo.

Necesitaba hacer hueco y deshacerse de trastos inútiles ya en desuso. Tenía que mudarse de domicilio. Su próximo hogar sería más pequeño. No necesitaba tanto espacio. Sería ella sola y la bastaría con una sala, no muy grande, una pequeña cocina y un dormitorio. No necesitaba ni ambicionaba nada más.

A su memoria llego, de repente, una tarde lluviosa de primavera como aquella que estaba viviendo ahora, y fue precisamente ese recuerdo el que hizo que desempolvara aquella caja que hasta entonces había guardado como un tesoro, aunque nunca había vuelto a destaparla.  Tenía miedo de volver a recordar; lo que más deseaba era no retroceder en el tiempo. No pensar en nada ni en nadie. ¿Cómo terminó todo? ¿Qué o quién originó que todo cambiase en su vida?

Se tumbó en la cama apoyando uno de sus brazos sobre su frente, sin dejar de sostener la fotografía en el otro. ¿Qué había motivado ese retroceso en el tiempo? En el blanco y negro de la foto se veía imborrable, la amplia sonrisa de un hombre ya fuera de su vida. Y volvió a vivir aquel instante en el que se le vía feliz, ignorante de que sería la última vez que le viera.

Se habían reunido con otras parejas de amigos. Estaban felices y contentos. Había terminado el curso. Se habían examinado y habían superado la prueba con una magnífica nota. Decidieron que tenían que celebrarlo y, para ello organizaron una comida al aire libre. Probablemente, al próximo curso ya no se verían, al menos alguno de ellos. Todos tomarían caminos distintos.

Ellos dos estaban contentos, pero a la vez tristes. Él iría a estudiar al extranjero y ella buscaría un empleo. No seguiría en la universidad: sus padres no podían seguir manteniendo la carrera. No renunciaría a su vocación. Decidió que buscaría un trabajo y solicitaría una beca. Estudiaría por las noches y trabajaría por el día en lo que fuera. No la importaba, el caso sería no ser una carga para sus padres y al mismo tiempo realizar su sueño: ser médico.

Había elegido la carrera, quizá, más larga de todas, la de más sacrificio y por tanto, la de más difícil sostenimiento. Sólo había podido completar un año de universidad, de manera que la quedaba un largo camino por recorrer. Eso implicaba sacrificios, muchos. Entre ellos renunciar a ver a su recién despierto amor, ya que él, al ser de familia pudiente, no tendría ningún problema y había decidido completar sus estudios en Alemania.

Le había conocido ese mismo año. Le vía de lejos, ya que él iba dos cursos por delante de ella y, tan sólo coincidían en el comedor a la hora del almuerzo. Pero fue un flechazo de inmediato. Posiblemente sólo por parte de ella, pero no la importaba. Sabía que era inalcanzable, pero ese amor oculto y no correspondido, hacía que se levantase cada día con el ánimo subido, pensando que ese sería el día en que, por fin, él la dirigiese una mirada.

Pero los días pasaron y también los meses, hasta llegar al final de curso. Ese final, lejos de alegrarla, la entristeció ya que sabía que no volvería a verle,  que sus caminos se separaban allí definitivamente.  Todos reunidos, sentados en la verde hierba primaveral celebraban cantando y riendo el final de un año duro por los estudios para unos, y bastante bien para otros.

Alguien había llevado una máquina de fotos y les agrupó para tener un recuerdo de ese curso irrepetible, porque para el próximo, sería difícil que todos estuvieran juntos por distintos motivos. El poseedor de la máquina de fotos tenía amistad con ella, aunque en realidad bebía los vientos por aquella tímida muchacha de otro curso y de otra carrera. Por ese motivo, le solicitó que hiciera una foto al muchacho que partiría para Alemania. Él se la hizo, a pesar de que conocía los sentimientos de ella, que a su vez ignoraba los de él. Pero había sido una petición y sería el único medio de complacerla. Y así lo hizo.

Quedaron días después citados con el pretexto de entregarle la foto solicitada.    Él imaginaba los sentimientos que su amiga sentía por aquel chico que, distante y frio con ella, hacía como si no la conociera. A él le dolía el comportamiento de su compañero, pero guardaba su secreto para no perturbarla. Era al mismo tiempo su despedida ya que él se iría de vacaciones de verano, aunque tenía la remota esperanza de salir con ella a su regreso.

La despedida del grupo fue agridulce. Era un requisito que sabían cumplirían. Las chicas se abrazaron y hasta alguna lágrima salió de sus ojos. Los chicos, respetuosamente estrecharon sus manos y, entre ellos, quedaron para correr una pequeña juerga por la noche como “su despedida”.

Y así pasó ese verano. Ella encontró un trabajo y se inscribió en la universidad a distancia, dispuesta a cumplir con lo que había soñado. Pero era duro y la mayoría de las noches se quedaba dormida sobre los libros. Pese al sacrificio que supuso, fue sacando sus cursos.

No volvió a saber nada de sus antiguos compañeros, excepto del chico que hizo la foto de despedida. Debido a la insistencia de él, comenzaron a salir y un tiempo después la pidió que fuera su prometida. Se encontraba contenta con él, protegida y hasta consiguió quererle, pero en su cabeza siempre permanecía la imagen de aquella foto, del que nada había sabido.

Cuando ella terminó la carrera, decidieron unir sus vidas. No tuvieron hijos, pero fueron muy felices y ella consiguió enamorarse de su marido, a pesar del tiempo que hacía que se conocían y de las relaciones mantenidas. Debió ser su bondad, su paciencia y su eterna comprensión, lo que hizo que al fin ella depositase su mirada en quién era su marido.

Consiguió su título de médico y mil veces se arrepintió de haber cursado esa carrera, ya que por ella supo la enfermedad incurable que aquejaba a su marido. A ese hombre bueno, paciente y enamorado que la había acompañado durante tanto tiempo.

Llevaba pensando durante mucho tiempo, desde que él faltó, de vivir en otro sitio, el otro lugar que no la trajera tantos recuerdos y tan dolorosos. Había tardado mucho en decidirse, pero al fin lo hizo y solicitó plaza en un pueblecito pequeño para atender a otros tres más de la comarca.

Debería deshacerse de infinidad de cosas que habían formado parte de su vida, ya que su nueva casa no era muy grande, además de nada servía tener la mitad de los enseres encerrados en una buhardilla. Tuvo que renunciar al amor de su marido y verle partir, dejando tal dolor en su vida que la cambió para siempre.  Necesitaba un sitio nuevo, que en nada la recordara su vida pasada. No quería establecer lazos con nadie para no verse nuevamente renunciando a ellos. No quería siquiera hacer amistades nuevas. Se había vuelto huraña y arisca a medida que los años pasaban.

Se había quedado dormida y la despertó de golpe un relámpago. Seguía lloviendo. Se levantó lentamente y decidió volver a dejar la foto en su lugar y meterse en la cama. Al día siguiente vendrían los de la mudanza y en un par de días, estaría viviendo en otro lugar, no muy lejos de allí, pero dejaría sus recuerdos atrás.

No se gustaba como era de carácter ahora. Sólo guardaba su afecto y sonrisas para sus pacientes. Del resto de los humanos se aisló y renunció a hacer amigas, recluyéndose en su casa y rehusando el trato con sus vecinos. No contaba con muchas simpatías en el pueblo debido a su poca empatía. Ignoraban lo que la había conducido a ser de esta manera. Pero no la importaba la opinión que de ella tuviera la gente.

Tenía la soledad del campo como vecinos y a medio kilómetro, una gran vivienda de la que no tenía ni idea de si estaba deshabitada o no. Tampoco la importaba demasiado. Estaba sola. Tan sólo acudía a su casa a diario una señora de mediana edad que atendía su casa y hacía las labores del hogar. Ella se desplazaba en un coche pequeño hasta el ambulatorio del pueblo, y al terminar su horario en éste, recorría los otros tres pueblos que la pertenecían en su demarcación. Cuando regresaba a su casa ya eran las cinco de la tarde y la mayoría de las veces apenas comía. Siempre algún paciente la obsequiaba con unos dulces y café, lo que sería su comida y aguantar la bronca que la señora que la atendía la echase por no llevar una alimentación adecuada a pesar de ser médico.

Ella sonreía y no decía nada, pero al menos sabía que alguien se preocupaba por ella. Ese día no tenía visitas, sólo atender el ambulatorio y en cuanto visitase al último enfermo, volvería a su casa. Había pasado el tiempo y acostumbrado a la vida rural. No ambicionaba otra forma de vivir. Dejaría pasar el tiempo hasta jubilarse. Pero para eso aún faltaba mucho.

Se había forjado su jubilación como el fin de su vida y la hora de reunirse con su marido. Ese absurdo pensamiento, la hacía vivir. En época de verano daba largos paseos por el campo, siempre que su horario de trabajo se lo permitía. Y fue una de esas mañanas de agosto, pesado de calor y sol, que se encontró frente a un hombre que en nada se parecía a otro de, otro tiempo.

Pero allí estaba frente a ella. Comenzaba a tener cabellos blancos, y algo menos de pelo. Su figura era algo más redonda y algunas pequeñas arrugas surcaban  sus ojos. Sin embargo, ella le reconoció al momento. En unos instantes, cual, si fuera una película, por su mente pasaron las imágenes de aquella comida en el campo de despedida. Y el rostro del hombre de la foto cobró vida ante ella, pero se hizo más brillante la sonrisa del chico que sacó esa foto y que formó parte de su vida durante muchos años.

Reflexionaría después, ya en su casa, lo que aquél encuentro había significado para ella y, sonrió mecánicamente. No había sentido ni frio ni calor al verle. De pronto se dio cuenta de que el verdadero amor de su vida había sido aquel chico que hizo aquella foto que había sido guardada en una caja de un guardamuebles.

 

Edición: febrero de 2022.

Autoría:  1996rosafermu

Fotografía:  Internet

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