El sillón vacío


 La clásica mesa camilla vestida con unas faldas de tela gruesa que trasladase el calor del brasero a la persona que se sentaba cerca de ella con un libro entre las manos, las piernas cubiertas por las faldas de la camilla para recibir el calor que las ascuas del carbón que se iba quemando poco a poco. De vez en cuando revolvía con la badila esas ascuas que avivaban el fuego.

Tenía la mirada perdida en algún punto de la pared de la habitación que, semi en penumbra hacía más íntima y solitaria la estancia. Miraba sin ver. Sin siquiera abrir ese libro que depositaba desmayadamente sobre sus manos y sobre el tapete tejido a ganchillo de la mesa.  En un lado de la misma, una taza de café, vacía y una pequeña cucharilla depositada sobre el plato.

Levantó la vista lentamente y dirigió su mirada al sillón que tenía frente a ella, cerca de la mesa camilla, y que hasta hacía poco tiempo había estado ocupado por su marido.  Desde la calle le llegaban las risas alegres de unos chiquillos que jugaban. Las voces infantiles, libres de toda preocupación que a los mayores atenazaban. Corrían tiempos difíciles, de una gran depresión  en la que los trabajos estaban en vilo y por tanto, el sustento de cada día. Quizás alguno de esos chiquillos, podría hablar de la situación que vivían en su casa.

Nuestra señora, no escuchaba nada. La casa estaba totalmente en silencio, tan sólo alegrada por el trinar de un rabiosamente amarillo canario, cuya jaula pendía de un soporte cerca del balcón para que siempre estuviera alegre. Ese era el único ruido que se escuchaba en la casa. Un aparato de radio Telefunken apagado. No tenía ganas de escuchar la radio; nada la interesaba de lo que pudieran decir las noticias. La única  que la interesaba sería que su esposo entrara en casa, haciendo tintinear las llaves al meterlas en la cerradura, al tiempo que la llamaba cariñosamente:

— Rosiña, ya estoy en casa

Pero no era así. Hacía un mes que descansaba eternamente. Una pulmonía mal curada se lo había llevado, cuando aún tenía por vivir mucho tiempo por delante.  Fue inesperado y en pocos días. Corrían tiempos difíciles hasta para las medicinas y, por muchos timbres que tocó, por muchos favores que pidió, nadie acudió en su ayuda; unos porque en verdad no podían hacer nada y, otros porque no quisieron comprometerse. La penicilina recién llegada, era muy cara sólo accesible para los bolsillos rellenos por el estraperlo realizado al final de la guerra. Las pocas joyas que tenía, las había empeñado para, siquiera, comprar algunas dosis del mágico medicamento que acababa de descubrir un médico ingles que tenía por apellido doctor Fleming.

Pero no eran suficientes las tres dosis que pudo conseguir. El médico de cabecera le aconsejó que no le moviera de casa, porque al menos ahí tendría su atención constante, mientras que los hospitales estaban desbordados y no contaban con los medios suficientes. Era un invierno muy crudo, acrecentada su crudeza por el estómago vacío y con pocas calorías.

Y se le fue de las manos. Murió entre sus brazos sin poder hacer nada más por él. Por mucho que se abrazó a su cuerpo inerte para infundirle su calor, nada se pudo hacer. La había dejado sola, con sus recuerdos y su sonrisa grabada en su memoria a fuego. Su sillón permanecía tal cual estaba como él lo dejara la última vez que se sentó, abrigando sus rodillas con una manta, antes de que la enfermedad se recrudeciese sin remedio alguno. Y así permanecía. Con la manta arrugada a un lado para levantarse y dirigirse a la cama. Con el cojín que protegía sus riñones, todo igual como se quedara cuando le acompañó a la cama para no levantarse más.

Si acudía alguna amiga, o vecina para saber si se encontraba bien, no permitía que nadie se sentara en el sillón, ni ella misma lo hacía. Pensaba que era profanar su memoria. Que él estaría sentado en espíritu aún, antes de que el tiempo pasase y cruzase al otro lado, dejándola definitivamente sola.

Ni siquiera podía llorar, y cada tarde hacía el mismo ritual que representaba día tras día a la hora en que él solía llegar del trabajo. No terminaba de aceptar que nunca regresaría. Tan sólo aguardaba paciente la hora de reunirse con él en ese lugar en el que no existen las preocupaciones, ni las enfermedades ni nada que perturbaran su vivir en el Limbo.

No todo había sido fácil en su vida en los primeros años de casados. A pesar de haber tenido un noviazgo de bastante tiempo, opinaba que nunca terminas de conocer a tu pareja hasta que la convivencia se hace efectiva, con sus pros y sus contras. Le había tocado una suegra dura de roer y su hijo estaba totalmente cegado por el cariño a su madre. Al principio de su unión matrimonial todo marchaba regularmente bien, siempre que no se interpusiera en el camino de doña Celia, la madre de Joaquín, su marido. Entonces surgían las discrepancias que, cada vez eran mayores y más frecuentes. Hasta llego a pensar que había cometido un gran error al casarse con él.

Un día, tras una discusión bastante agria, le planteó la separación. Habían transcurrido dos años desde su boda, pero ya la paciencia se había colmado y sin pensárselo dos veces hizo su maleta dispuesta a marcharse cuando él llegara de trabajar. A Joaquín se le hundió el suelo a sus pies. Adoraba a su mujer, pero también quería a su madre que no tenía a nadie más que a él. No podían ponerle entre la espada y la pared. No podía darle a elegir. Trató de disuadirla, pero comprendió que era imposible hacerla entrar en razón, así que optó por quedarse al lado de su mujer. Enfrentó a las dos mujeres para que ellas  arreglaran lo que las molestaba de la otra parte, o de lo contrario se alejaría de ambas.

Gritaron, lloraron y se echaron la culpa, pero aquella noche quedó todo zanjado. Después por ironías de la vida se la llevaron a vivir con ellos, dado de que se hacía mayor y no podía vivir sola. Y se quisieron  como madre e hija, y al fin pudieron respirar tranquilos.

Pero ahora la solitaria era ella y no tenía a nadie a quién volver su cara. No habían tenido hijos, ni sobrinos siquiera, ya que Joaquín era hijo único y ella también. Pedía cada noche no ver amanecer, pero su súplica no se cumplía. Y así transcurrieron los años y llegó su vejez. 

Arregló sus papeles y los dejó a la vista para que en el caso de que a ella la ocurriera algo, siguieran las instrucciones de los trámites a seguir cuando todo ocurriera.

Pasó el tiempo, algunos años y seguía sola, asistida por una joven que la Cruz Roja la ofrecía para que la atendiera en casa. Nada la importaba, pero a esa muchacha  había dado las instrucciones precisas y las llaves de su casa para que entrara y saliera cuando quisiera.

Y atizó el brasero una vez más. Tras pensárselo mucho, cambió su silla y se dirigió al sillón. Acomodó el cojín y cubrió sus rodillas con la manta. Después reclinó la cabeza hacia atrás y entornó los ojos. Sintió sueño y se dijo:

— Voy a dar una cabezadita hasta la hora de la comida.

No se lo decía a nadie, ya que estaba sola, pero era una explicación así misma. Sonrió levemente, movió la cabeza con gusto ligeramente cuando encontró la posición buscada y entornó sus ojos. Antes de dormir, pasó sus manos por los brazos del sillón, como acariciando el lugar en donde Joaquín reposaba sus brazos, y lentamente se quedó dormida.

A la mañana siguiente cuando llegó la joven que la asistía, se la encontró en la misma postura que la noche anterior había adoptado en el sillón. La zarandeó suavemente en los hombros. La llamó insistentemente, pero ella estaba junto a Joaquín en ese lugar en donde nada les perturbaría.




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Diciembre 25 de 2021



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